La rebelión de la generación ninguneada

FOTOS & TEXTO: SUSANA LÓPEZ-URRUTIA

¿Qué se lleva una a una protesta política? No tengo ni idea, porque jamás he participado en una. Cuando era pequeña, las monjas nos sacaron una vez a los niños a la calle a gritar contra los recortes en los colegios subvencionados. Si estaba del lado del “cole” o no, no le importó a nadie. Ni a mí misma. Con diez años, a una le da igual si los demás deciden por ella. Con 18 y con 20, por lo visto, también.

¿Qué les pasa a los veinteañeros, se han vuelto locos? A la gente le cuesta trabajo entender el porqué de esta súbita y fervorosa protesta (eso sí, muy oportuna, justo a unos días de las elecciones). Pero a ver, ¿qué quieren? se preguntan los escépticos. Existen unos derechos básicos que deberían estar cubiertos en estas sociedades: derecho a la vivienda, al trabajo”, dice el manifiesto que hemos hecho nuestro. Tampoco queremos la corrupción en la política, ni que el dinero mueva el mundo. No nos gusta el frívolo capitalismo, ni la “dictadura partitocrática” del “PPSOEE” en España. No apoyamos la abstención, pero tampoco el voto a los dos grandes. “Qué locura, qué desorden”, gritan las voces más críticas. “Estos chicos no saben lo que quieren”, dicen. Y puede que no les falte razón: no sabemos lo que queremos, pero sabemos lo que NO queremos. No queremos esto y sobre, y por encima de todo lo demás, no queremos seguir estando al margen.

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El protagonismo es la sangre que mueve esta anárquica protesta. Los nacidos en los 80 hemos sido una generación ninguneada

A ver, una manta, unos zumos (prohibido alcohol en la protesta, o enseguida nos colgarían el cartel de “botelloneros”), hojas, bolígrafos… Mientras repaso qué me voy a llevar a la #acampadasol pienso que el motivo único y básico de esta #Spanishrevolution, la sangre que mueve esta anárquica protesta, no es otro que reclamar cierto protagonismo. Los nacidos en los 80 hemos sido la generación en la sombra. Nuestros padres vieron el fin de una dictadura y dirigieron el cambio del país: fueron protagonistas de su tiempo. Nosotros somos espectadores pasivos del nuestro: nos lo dieron todo hecho y dijimos “sí pío”. Pero hemos tocado fondo. 

Tenemos un millón de motivos para protestar: somos la generación más preparada de los últimos años y, sin embargo, vamos a vivir peor que nuestros padres. Trabajaremos más años que ellos y cobraremos menos. Para cuando lleguemos a los mil euros mensuales, rozaremos las treintena y habremos acumulado un contrato de “becario” detrás de otro. Y aun así, nos consideraremos afortunados: porque no estamos en la calle. Por si fuera poco, los políticos que dicen representarnos meten mano al dinero público, son incompetentes y soberbios (algunos, no todos).

“¿Pero tú crees en esto?”, me pregunta una amiga. Pfff, que si creo, yo qué sé. Me parece utópico, tardío, loco. Pero también me parece que mi generación, la generación ninguneada, está despertando. Y eso no me gusta. Me encanta.

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