Calla la boca y haz

FOTO: ENRIQUE MENESES

TEXTO: SUSANA LÓPEZ-URRUTIA

Cuando era pequeña mi madre siempre me repetía las muchas cosas que haría cuando creciera: sería una genial escritora, inspiraría, enamoraría a un chico estupendo y conquistaría todo lo que me propusiese. Aquellas promesas eran la nana con la que me dormía todas las noches. Antes de cerrar los ojos, lo pensaba: la vida era mi gran obra y el mundo, mi escenario.

En algún punto de mi historia, sin embargo, me volví una escéptica. Podía tomar decisiones, sí, pero no era yo la que elaboraba el guión. Me limitaba a acoplarme a él: que había ciertas cosas y ciertas vidas que no iban a ser para mí, ya lo tenía asumido. 

Enrique Meneses, Susana López-Urrutia, periodismo, generación perdida

Bob Dylan, Joan Baez & Pete Seeger FOTO: ENRIQUE MENESES

En estas estaba yo cuando conocí a Enrique Meneses.  La primera vez que le escuché hablar, él iba en su silla de ruedas. Parecía mayor y frágil, y sin embargo, sus palabras eran jóvenes. Me ganó cuando dijo que los periódicos de papel los usaba él como mantel cuando venían sus amigos a casa, que no había mejor CV que un blog y que la auténtica universidad… está en la calle.

Que Enrique se había comido la vida era un hecho, tan palpable como la tostada que yo misma mordisqueaba tímidamente en su casa unas semanas después.  El improvisado desayuno se me enfriaba en las manos mientras escuchaba embelesada sus aventuras en India, Egipto y Nueva York; las tertulias que había compartido bajo las estrellas con Fidel Castro y el mismísimo Che Guevara; cómo había conocido el amor -el verdadero, el que cuenta-, lo había perdido y lo había vuelto a encontrar. Su vida era una película, una serie de televisión, o en definitiva, una ficción. Sólo que real. Le admiraba y le envidiaba por haber protagonizado el guión de mis sueños.

Me bastaron unas pocas horas para descubrir la capacidad sin igual de Enrique para hacer lo imposible (o más bien lo “impensable”) natural y obvio. Yendo a lo esencial de la conversación, yo protestaba porque no podía. O no sabía. O no sabía cómo. Y él me retaba a practicar ese difícil ejercicio que es callarse la boca, dejar de refunfuñar y empezar a actuar. Y yo me enfadaba por dentro, porque refunfuñar es fácil. Y no da miedo. Pero actuar asusta. Arriesgarse asusta. Aterra salirse del guión y meter la pata. Aterra que, si todo falla, nosotros seremos los únicos culpables por habernos salido del camino.

Enrique me diría en este punto que me lo tomo demasiado en serio. Que la vida es un juego. Que hay que saber divertirse. Al fin y al cabo, estamos aquí de paso. Y en cuanto al miedo, es cómo “una partida de ajedrez”. Con perseverancia, movimiento a movimiento, se le gana la partida. Pero hay que jugar para hacerlo.

¿Quieres saber más de mí? @Su_Urruti

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