Un poquito de “rajoy” (o cómo llevarse el gato al agua sin ser un ‘número uno’)

Rajoy no me gusta. Su forma de hablar me pone nerviosa, tengo la impresión de que se le va a escapar un salivazo. No me gusta esa barba suya,  medio blanca medio gris. Reconozco que no es tanto lo que dice como cómo lo dice: no le encuentro el carisma ni buscando con lupa. Sin embargo, algo hay que reconocerle al que tiene todas las papeletas para ser el próximo presidente de España: es perseverante. Paciente. Diría que fuerte y estoico.  La hazaña de este hombre sin gancho es que -salvo sorpresa- logrará unos resultados históricos para su partido en las próximas elecciones generales (quién se lo iba a decir al que -posiblemente- fue el pardillito de la clase).  Mirado con justicia, es un mérito que le coloca ya en el podium de los mejores.

Pero no escribo este artículo para dorar la píldora a Rajoy, ni mucho menos. Sino, como ya habréis adivinado, a su actitud. Rajoy es para mí uno de esos ejemplos que prueban que en la vida existe cierta justicia democrática: uno puede no ser un ‘número uno’ natural. Muy posiblemente es algo con lo que se nace. Pero la constancia y el trabajo duro pueden llevar a una persona corriente a la cima del éxito. Negarles esa posición es, en cierto modo, injusto por nuestra parte.

Mi admiración por este tipo de personas está fundada en mi propia historia. Nunca he sido una engatusadora de serpientes, pero tengo ambiciones. Es posible que no sea la más brillante, ni la mejor, de los muchos periodistas que se licenciaron junto a mi aquél caluroso día de verano, allá por el 2009. Pero quizás sí sea una de las más peleonas. Y desde mi subjetiva posición, lo considero un atributo en sí mismo.  Perseguir un sueño es agotador: hay que picar a mil puertas, soportar que la mitad de ellas no se abran y tener el cuerpo suficiente para aguantar los portazos que van a venir de muchas otras.  Es más, incluso añadiría que hay que tener la valentía de levantarse -otra vez- cuando todo falla y ser capaz de volver a empezar -sí, otra vez- desde cero.

Rajoy

Precisamente esos momentos en los que uno toca fondo son los que más curten. Y probablemente los que marcan los años por venir. Volviendo a Rajoy, algo parecido le pasó a él cuando se llevó el segundo batacazo en las urnas en 2008 -y esta vez sin atentados de por medio con los que justificar la derrota-. Nadie daba un duro por el líder popular en aquellos momentos. Desde “feo” (sí, feo) vago y poco carismático, hasta gay reprimido, a aquel Mariano le tocó tragar con todo. Durante muchos años, al líder popular los oídos le pitaron más que la Blackberry a una quinceañera. Y sin embargo, el que muchos creían la marioneta del del bigotes -Aznar- dio la sorpresa reinventándose y reinventando al partido en el Congreso de Valencia. Y ahora, si Rubalcaba no lo impide, se va a llevar el gato al agua. Los últimos sondeos (junio) dan a ese hombre al que nadie quería una ventaja de 13,8 puntos sobre el PSOE. Curiosamente, sigue suspendiendo en carisma: los españoles le ponen un 4,18, por debajo de Rubalcaba, primero en la clasificación con un triste 4,6, según Sigma2.

Moraleja: ¿Es el mejor? Según la vara de medir habitual, no. Pero convendría repensar ese concepto de “mejor”.  Porque quizás no es mejor el que más talentos tiene -como siempre nos recuerdan nuestra abuelas-, sino el que, con lo que tiene, sabe llegar a lo más alto. Bien pensado, es un consuelo.

 @Su_Urruti 

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