No entiendo

La palabra que me sobrecogió fue “normal”. Entre el torrente de historias e historietas que sobre los abertzales donostiarras me contaba mi amigo, aquel término se le había caído de la lengua demasiadas veces. La conversación me turbaba. Primero porque a él, un profesor universitario de origen estadounidense, jamás le había interesado la política -aún menos la española- y llevábamos media hora hablando del tema. Y segundo, porque apenas unos meses en San Sebastián habían servido para que lo anodino y  criticable se volviese “normal” y aceptable (y en este saco entran goras a ETA, manifestaciones por la amnistía de los presos, etc.)

“Pero es que aquí no hay nadie que no piense así”, respondía él a mis intentos por comprender lo que no cabía en mi cabeza.  La facultad era “una fiesta” desde que Bildu había ganado las elecciones, porque “todos” les respaldaban: “alumnos y profesores”, me explicaba. Yo me esforzaba por entender el porqué de un apoyo tan abrumador a una formación en cuyas sombras están los defensores de ETA -no entraré en este artículo en lo que, desde mi punto de vista, es ya un secreto a voces (otra amiga, con amistades íntimas en Hernani, me lo dijo una vez sin pestañear: “Conozco a varios concejales de Bildu. Todos apoyan a ETA. ‘Son’ ETA”), pero sí me bañaré en otras aguas igualmente turbias: las de todo lo que no entiendo.

 

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“Si tuviera enfrente a uno de los miles que han votado a Bildu se lo diría: “intento ponerme en tu lugar, pero no te entiendo”. / Jordi LV

Primero. No sé si quienes apoyan a Bildu son muy ingenuos o sencillamente es que entre su concepto de la ética y el mío media un abismo. No entiendo que los vascos den a los que no han pedido a los asesinos que arrojen las armas el beneficio de la duda. Ni asimilo que existan quienes por un fin cuya magnitud escapa a mi comprensión -esa independencia, tan codiciada que pareciera que España es China y los vascos los oprimidos tibetanos- serían capaces de olvidar (o justificar) la muerte de personas inocentes, e incluso de niños, que apenas han tenido tiempo de respirar un poco de vida (Vic).

Segundo. Si me limito a ser calculadora y pragmática razono que la hipótesis de que la sangre (así, con todas las letras) puede llevar a la ambicionada independencia o siquiera a mayores cotas de ella, resulta absurda en esta época y fuera de lugar en una democracia. No entiendo por qué quienes pelean por la codiciada secesión no recurren -de una vez y para siempre- a la vía política. Porque en democracia cualquier idea es susceptible de ser defendida. Pero entre las balas y los muertos no florece el debate.

Si tuviera enfrente a uno de los miles que han votado a Bildu se lo confesaría: “Intento ponerme en tu lugar, pero no te entiendo”. No entiendo como lo anodino y condenable se ha convertido en tolerable. Como el horror de un asesinato -hombre, mujer o niño; político, policía o empresario, igual da- puede ser disminuido por su papel en una causa -¿justa?-. Se me escapa la razón del desprecio que algunos vascos profesan al resto de España y el porqué de esa incapacidad para vivir bajo dos identidades nacionales -como lo hacemos los asturianos, por ejemplo-. Y sobre todo, me espanta la certeza de que algunos de ellos han dejado de oír a su conciencia: esa que cultivamos de niños y nos dice: “egoísmo, malo / compartir, bueno; odiar, malo / querer, bueno; sembrar, bueno / destruir, malo;

cuidar, bueno / matar, malo.

 

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