Nada

(…) La energía y los sueños contenidos se nos acumulan en la boca de la garganta y nos cortan la respiración. Torpes e impulsivos caminamos alante y atrás (…)

SUSANA LÓPEZ-URRUTIA

El arrebato me sorprendió a mí misma. Pedí la copa (un gin tonic con Bombay blanco) y acto seguido hice una seña al tipo que -aparentemente- vigilaba el cotarrooye, ¿necesitáis gente aquí?“. El hombre me sacó fuera y me preguntó si tenía experiencia como camarera y si alguna vez había trabajado en el mundo de la noche. Había hecho un par de cosas, les di algunas vueltas y les puse algún adorno hasta que formar una historia medianamente asequible. Al tipo le gustó y pasó a la siguiente pregunta: “Bueno, ya habrás visto que a las chicas aquí les damos bastante caña. Sobre todo queremos que pongáis las copas muy rápido. Que bailéis…” Lo del ‘baile’ no se refería un contoneito detrás de la barra. Sino literalmente, encima de ella. “Sí, sí, lo que sea“, me descubrí diciendo. Diez minutos después mi mejor amiga me echaba la bronca en una esquina “¿pero estás loca? ¿Cómo te vas a degradar así?” Al final, deseché la posibilidad. Pero llegué a considerarla. Muy seriamente.

Aunque la anécdota (no es más que eso) suena algo estrambótica, me sirve para ilustrar los descalabros a los que muchos de los de mi generación (la de los ‘perdidos’) a veces llegamos, azuzados por la frustración. Sí -y esta es la parte sorprendente-: era muy capaz de bailar en una barra. Y aquello no era fruto ni de la necesidad, ni de la desesperación. Sino de la simple y llana hambre de mundo. A los 25 años la creatividad y la sed de acción se han apoderado de tu cuerpo. Es una energía que pide a gritos un reto, una experiencia, una meta que conquistar y que, hoy por hoy, se pierde en un océano en el que el talento de los jóvenes españoles se está ahogando.

No vemos tierra. Agarramos un frágil salvavidas -un curso de inglés en el extranjero, una beca-. Encadenamos una licenciatura y un máster detrás de otro porque nos da pánico dejar las aulas y descubrir que ahí fuera no hay nada. Esporádicamente nos rescata algún trasatlántico. Allí nos dan habitaciones de tercera clase, y después, nos obligan a caminar por la tabla de madera y saltar a la mar, cual rehenes de los malvados piratas. Entonces nadamos entre tiburones otra temporada y volvemos a repetir la historia. Punto cero.

Algunos de los nuestros se han sublevado: gritan que la sociedad es injusta, y tienen mucha razón. Otros se limitan a ver, callar y acatar. Llega un mercante y ahí se suben. Se sacrifica lo que haga falta y se hace lo que se puede, que “así es la vida”. Unos pocos nadamos a contra corriente, debatiéndonos entre la esporádica perreta y el emperramiento en aquello de que quien la sigue la consigue. Pero a veces la confusión nos abate. Escala por nuestro cuerpo y nos toma al asalto. La energía y los sueños contenidos se nos acumulan en la boca de la garganta y nos cortan la respiración. Torpes e impulsivos caminamos alante y atrás. Y entonces nos ofrecen bailar en una barra y decimos: “Quizás“.

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