Los ‘indignados’: ¿hay mañana?

SUSANA LÓPEZ-URRUTIA

-¿Pero esos indignados, ¿qué quieren? -me inquiría mi hermana pequeña.

-Muchas cosas, Marta.

-No sé. Yo creo que todo es una mierda. Yo me iría a otro país -me constestó contundente.

-Pues enhorabuena, ya eres una  indignada.

Fue una conversación breve. Pero me sirvió para recordar su inmenso poder. Los políticos tienen pánico a los indignados, y no me extraña nada. Forman una masa amorfa, heterogénea y con tropezones. En el saco de la indignación cabe de todo: el que protesta porque no llega a fin de mes; el que cree que ‘PSOE o PP, la misma mierda es’; el que no encuentra trabajo y lo ha buscado; el que, sin más preámbulos, asume el discurso colectivo:  ‘Que no hay trabajo’; y el que, muy a la española, cree ni más ni menos que ‘este país se va a la mierda’.

Los periodistas, muy a menudo excesivamente empeñados en enlatar la realidad y colocarle una etiqueta simplona, no alcanzamos a comprender el fenómeno que hoy se escribe en las páginas de la Historia global. En un vano interno por adaptar los hechos a nuestros -rápidos- ritmos, agarramos de cuando en cuando a un indignado (o lo que es lo mismo, a un chaval que alguna vez ha empuñado el megáfono) y le preguntamos aquello de “oye, ¿y el 15-M hacia donde va?” ó  “¿Por qué no formáis un partido político?” Como si la frustración implicase poseer un carné de militante. Como si todas esas sensibilidades funcionasen como una masa disciplinada (como lo hacen los partidos). Se nos olvida que, en un momento dado, cualquiera puede ser un indignado.  Y miles de variopintos cualquieras, batidos con mala leche en la coctelera de la indignación, dan como resultado un cóctel… ¿cómo lo definiría? Inverosimil y, por ende, raro.Y ya se sabe. Lo raro no es predecible y lo impredecible da miedo. (A un gobernante, más)

La pregunta, no obstante, es lógica: ¿a dónde va el 15-M? ¿En qué culminará ese ‘levantamiento’ global de una sociedad que, hasta ahora, no había hecho otra cosa que bostezar cuando la palabra “política” caía sobre la mesa? 

(…) en un momento dado, cualquiera puede ser un indignado. Y miles de variopintos cualquieras dan como resultado un cóctel… ¿cómo lo definiría?: Inverosimil (…)

Tenemos la respuesta delante de nuestras narices: no, las riadas de indignados no han reducido la cifra del paro; ni han dado con la fórmula mágica para reparar el malherido sistema. Pero hay un montón de españoles hablando de política en el café. Debatiendo airadamente entre cervezas. Dilucidando si votar a este o al otro, y cómo ejercer su derecho de forma responsable. Equivocadamente, algunos periodistas deducen que, por su tendencia progresista, el movimiento debería canalizarse en un voto masivo a las opciones de izquierda. De no ser así (como parece que será) escribirán en sus crónicas el 21 de noviembre que el 15-M “fue un fiasco”, ya que “no tuvo influencia”. Craso error, que deja patente que no han captado la naturaleza del fenómeno.

El levantamiento indignado tiene toda la lógica del mundo en un contexto histórico como el actual, en el que el modelo por el que unos hablan y los demás callan y escuchan ha quedado obsoleto. Si algo define al siglo XXI es la democratización de los mensajes. El ciudadano individual tiene más capacidad de reivindicarse que nunca. Las empresas o los medios de comunicación lo saben: llevan años experimentando esta singular vuelta a la tortilla que les exige rendir sistemáticamente cuentas a unos clientes que hasta hace poco no habían sido otra cosa que mansos corderitos. En un contexto como este, resulta ridículo creer que los ciudadanos van a conformarse con “dar un cheque en blanco” a sus representantes políticos cada cuatro años. La democracia del s.XXI exige más. Para empezar (y por poner sólo un par de ejemplos): debates reales, y para seguir, ruedas de prensa en las que se admitan las preguntas de los periodistas.

Preguntaba el director de El Mundo, Pedro J. Ramirez, a sus seguidores en Twitter tras la manifestación global del 15-O que en qué creían que derivaría el 15-M. Planteaba tres hipótesis: 1) Se organizaría en un partido político 2) Derivaría en violencia callejera con la llegada de Rajoy y sus políticas de austeridad ó 3) Se quedaría en esporádicas manifestaciones sin ninguna trascendencia en los acontecimientos futuros.

La respuesta es que ninguna de las opciones es aplicable a la naturaleza del movimiento y, a la vez, todas lo son ¿Por qué? Porque el 15-M no es una formación al uso, ni una plataforma, ni un partido. Y como tal, atreverse a predecir qué hará el 15-M es equivalente a pretender saber cómo actuará cada ciudadano indignado de España (o del mundo) en los próximos 3 años: cabe todo.

¿A dónde va el 15-M? preguntaba Pedro J. Ramírez. Yo le respondería que, de momento, está politizando masivamente a una sociedad que, hasta ahora,  ‘pasaba‘ de política. ¿Consecuencias? Todas las imaginables.

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