Crónica de una noche en la ‘calle Desahucio’

Luis Mendes, con las fotos de sus ocho hijos (Susana López-Urrutia)

SUSANA LÓPEZ-URRUTIA

Luis se ha puesto un jersey blanco. Sabe que la luz tenue de su modesto piso, en la tristemente conocida como ‘calle Desahucio’ (Torrejón), no es del gusto de los fotógrafos y, bromea, su piel “es muy oscura”, ríe. Conoce bien las manías de los medios: es la segunda vez que él y su hermano, Ambrosio, -naturales de Guinea-  pasan por el trance del desahucio: periodistas haciendo noche en casa; el timbre de la puerta, incansable; consignas, “¡sí se puede” y cámaras, muchas cámaras, que se le echan encima cada vez que recoge un bártulo o deja entrever una emoción, contenida. Lo hace pocas veces, porque se pone en lo peor: Sirve cafés para todos, ofrece galletas y, a ratos, limpia y limpia compulsivamente.

La noche empieza así, animada, al calor de una televisión panorámica, el ‘tesoro’ de Luis, el último cachivache que le queda por recoger y sobre cuya pantalla ahora se proyecta un programa deportivo que sirve de excusa para olvidar el drama del desahucio: que si Guardiola esto, que si Mourinho lo otro. Luis es un culé apasionado y el pique con algún periodista merengue sirve para matar las primeras horas con unas risas. En los ratos muertos la realidad reaparece y Luis la esquiva a golpe de trapo. A los periodistas se les caen las pestañas y él, sin que una mota de polvo manche su impoluto jersey, limpia y vuelve a limpiar.En esa tenaz constancia suya reside su fuerza. Si la mancha no se va, rascará, y volverá a rascar, hasta que sólo quede blanco esperanza.

Practica la misma filosofía con su vida. Nació en Guinea Bissau, un país sumido en la pobreza en el que él, su mujer y sus ocho niños no podían soñar. Él no es muy de eso. Pisa la tierra. Sobre ella, recogiendo tubérculos en Almería, empezó a levantar el futuro que imaginó para sus hijos, que ahora residen con su madre en Senegal (el pequeño tiene un año, el mayor 17): un trabajo, quizás, la Universidad, una licenciatura en Informática. Con la agricultura ganaba algo más de mil euros. No era una mala cifra, pero quiso dar un paso más y cambió la tierra por el cemento. Se trasladó a Madrid y se convirtió en obrero. Llegó a primer oficial. Ingresaba ya 2.000 euros, un sueldo boyante. Pasaba una parte a su familia, una pequeña cantidad bastaba para alimentar los sueños de los suyos. Adquirió su actual vivienda el Torrejón gracias a una hipoteca de 118.000 euros de Caja Madrid que se pagaba sola: 500 euros mensuales que, con la subida del euríbor, terminaron siendo 800.

En 2010 el idilio con España se convirtió en una  pesadilla y Luis se quedó en el paro. Cuenta que ahora sólo ingresa 400 euros por la prestación de desempleo, pero no ha dejado de lado a sus familiares (les envía la mitad) . Ellos, y Dios, que dice que pone “por encima de todo” son la absoluta prioridad de este guineano tímido y encantador.

Luís tiene esa cualidad: gusta a todo el mundo. Quizás por eso su caso, tan parecido a las los muchos que se suceden en Madrid cada semana (en su misma calle Soria ya ha perdido su hogar una familia ecuatoriana y han recibido notificaciones otras tres), atrae las simpatías de tantos medios y personas. A la llamada de Stop Desahucios han acudido simpatizantes de todos los puntos de Madrid. Suman más de 60, cuando lo habitual son veinte o treinta. Los medios también están de su lado. Luis tiene mil anécdotas para los periodistas que le acompañan en esta noche tan larga. Durante la primera tentativa de desahucio se presentó en su casa Mercedes Milá. Al día siguiente Luis se vio a sí mismo en su gran televisor. Después le paraban por la calle, cuenta él sorprendido, bajando la cabeza llevado otra vez por su timidez. Hoy la historia se repite. Con las primeras luces del amanecer aparecen en el piso dos periodistas de la cadena árabe Al Jazeera: la voz de Luís traspasará fronteras.

UN RESPIRO, TEMPORAL

Ya próxima la hora fijada por el desahucio, las once, Luís prepara café para todos. Ha encargado a uno de sus hermanos que traiga un par de bricks de leche, y pan: se los ofrece a los periodistas. Pasadas las doce la Comisión Judicial no aparece. Tampoco hay Policía. Las señales son buenas porque, en la primera tentativa de desahucio, los agentes ya custodiaban el piso de madrugada. Además, 2012, el ‘agnus horribilus’ ha empezado bien: Stop Desahucios, acción promocionada de forma conjunta por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y el 15-M, se mantiene invicto: ha logrado el aplazamiento de tres desahucios, el último de ellos de otro guineano, padre de tres hijos, Abdul, esta misma semana. El comentario de una de las activistas, sin embargo, refleja el sentimiento general: “A mí tanta calma me mosquea”. Por si acaso, Luis, siempre sereno, siempre realista, empieza a embalar su tesoro, esa gran televisión. 

Hacia las 12.30, cuando la incertidumbre ya es insoportable (el desahucio estaba previsto para las 11) el abogado de la PAH, Juan Moreno -que trabaja de forma gratuita-  trasmite la buena nueva: ha hablado con el juzgado, el banco (Bankia) ha aplazado el desahucio se aplaza un mes. La euforia es total. A Luis se le escapa una lágrima, las cámaras se le echan encima, llueven los ‘achuchones’ y los ‘abrazos colectivos’. Han logrado otra victoria. Un suspiro temporal. Tiempo..Hasta que Luis se quedó en paro en 2010 pagaba su hipoteca religiosamente. Aquél fatídico año en el que, por primera vez, no pudo cumplir con el compromiso adquirido con Caja Madrid (ahora Bankia) Luis generó una deuda que, con los intereses de demora y las costas por el procedimiento judicial de la otra parte ha superado el importe incial que se le prestó para que adquiriese su vivienda (118.000 euros): ahora debe 138.000.Esta noche Luis volverá a desembalar el televisor: la incertidumbre ha quedado aplazada. Si es desalojado se trasladará a la casa de un amigo. Como él, sus amigos y sus hermanos, también es inmigrante, está en paro y espera en su buzón la alerta de desahucio. Pan para hoy, hambre para mañana. Pero de momento, lo sabe, sólo se puede vivir de migajas.

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